Presentación Viña Concha y Toro:
“Los viñedos de Sunrise reciben 300 días de sol al año, permitiéndole a sus vides alcanzar una madurez excepcional, logrando un vino profundo y de carácter único. Este Chardonnay es de color amarillo brillante. Sus aromas nos recuerdan a manzanas verdes y frutas tropicales. Sabor fresco, con cuerpo medio y balanceado. Ideal para acompañar pescados y mariscos. Se recomienda servir entre 12 y 15°C. Descorchar 15 minutos antes de ser consumido.
SurVino:
En un viaje, por esos largos caminos de Chile, paré una noche en el restaurante “Donde Elka”, regentado por Mario un simpático argentino radicado hace algunos años en Pisco Elqui. Luego de solicitar infructuosamente varios platos a base de pescados y/o mariscos, que desgraciadamente esa noche no estaban disponibles por falta de material (el pueblo está más cerca del cielo que del mar), él me dijo: “veo que tiene predilección por los ingredientes marinos”. Yo sólo asentí abriendo los ojos. “Le recomiendo el mejor pastel de jaivas de todo Chile”. Acepté de inmediato, sospechando que Mario seguramente exageraba un poco, sólo atiné a advertirle que hacía algunas semanas había probado un pastel de jaivas en Pichilemu (la capital del surf en Chile) que había estado muy bueno y que los surfistas se comen por lo menos 2 antes de meterse a probar suerte en las gélidas aguas del Pacífico. “¿Y para beber?”, me pregunta Mario amablemente. Eh, bueno una copa de blanco… un chardonnay! le digo con cierta inseguridad, esperando tal vez que sucediera lo mismo que con los mariscos. Al rato llega con una botella amarilla anaranjada, la abre y sirve las copas, antes que se la lleve alacanzo a leer Sunrise.
El restaurante está muy bien acondicionado, muchas velas, una fogata en medio del patio trasero que regala titileos a todas las mesas a su alrededor. La copa llena de vino, su color natural, amarillo muy claro, se veía hermosamenete contaminado con todas las pequeñas luces que nos circundaban. Su aroma floral y frutoso acariciaba e invitaba al primer sorbo. Todo lo que se espera de un chardonnay lo encontré en esa acción: la mezcla justa de manzana y melón con aquel vacío mineral que deja luego de ser bebido.
En la medida que la copa bajaba y luego de la llegada del pastel de jaiba, no dudé en pedir a Mario el resto de la botella, antes de que otros comensales pidieran también copas de vino blanco. En fin, tuve que reconocer que el pastel de jaiva era lejos muy superior al rústico plato que comen los surfistas en Pichilemu (buena jaiva pero mucho pan), y que el vino nos había acompañado deliciosamente esa noche. Quedé con la idea de que el Sunrise era un vino de precio medio en las tiendas, $4.000 (6 Euros).
Un mes después, me vuelvo a encontrar con el Sunrise en los anaqueles de un supercado de Santiago. Veo el precio, $1800 (2,5 Euros). Lo miro bien, dudando mucho si era el mismo vino. No había duda, era la misma botella, la misma cepa, y no es que me queje por lo que me cobró Mario en el restaurante, sino que esto me hizo pensar en lo potente que puede ser un vino si el resto del engranaje también está en su lugar, todo marcha y la experiencia se amplifica. El Sunrise del Valle de Elqui parecía no reconocer a su hermano ubicado indiganamente en ese anaquel de supermercado.
Me lo llevé a casa, lo probé y estaba muy bueno también, pero obviamente me gustó menos que aquella noche. Un vino industrial, de producción masiva, si está bien conceptualizado y creado con buenas uvas, sin duda puede hacer felices a las masas del mundo, y esto también depende de nosotros, cuando elegimos la hora, el lugar y tantas otras cosas que nos son importantes a la hora de hacernos acompañar por un vino.
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