SurVino:
En la década de los 70 y 80s, los chilenos cuando salían al extranjero (muchos a la fuerza) y tenían ganas u obligación de hablar sobre Chile, la mayoría de las veces por no decir siempre, hablaban orgullosamente de nuestro vino tinto, además de las empanadas, los asados y los más chovinistas también hablaban de lo bonitas que son las chilenas.
El vino, y más específicamente el tinto (tintóleo entre nosotros) es una enseña de identidad que nos acompaña desde hace siglos, desde que los chilenos son chilenos, es decir hombres y mujeres nuevos que construyen su identidad desde su condición mestiza. El vino está en nuestros genes, y en nuestro inconsciente colectivo, al igual que lo está en los pueblos mediterráneos que nos lo heredaron.
Mucho tiempo ha pasado desde que esas primeras vides viajeras llegaron con los dominicos y franciscanos, menos tiempo desde que las vides de Burdeos lo han dominado todo en nuestros campos (finales del siglo XIX). En esta exportación de vida de hemisferio a hemisferio, de terruño a terruño, hay un ancho espacio para la epopeya y los insólitos milagros. Si por muchos años en Chile se asoció el vino tinto con Cabernet Sauvignon (aún hoy esto es así), quiso la casualidad de un descubrimiento netamente técnico, agronómico, algo que estaba allí, pero que era invisible para nuestros ojos, se tranformara milagrosamente en un nuevo ícono de nuestra identidad nacional.
Aquel Merlot anómalo, que maduraba algo antes que el resto del plantel, era en definitiva una de las más nobles estirpes bordalesas, extinta, arrasada en su terruño original. El Carmenère, tesoro enterrado en los viñedos de Chile, ha ido conquistando el corazón de todos los chilenos, se le mima, se le estudia, se le mejora año a año, haciéndole cada vez más chileno, para así poder regalar al mundo un vino único, diferente, indiscutiblemente chileno.
Hemos elegido para este brindis iberoamericano al Carmenère Gran Tarapacá/ Reserva 2004 (3,7 Euros). Queríamos probar un vino que estuviera al alcance de todos los chilenos, pero que fuera para ocasiones iportantes, ese vinito que se saca cuando llega un pariente o un amigo que no se ha visto por mucho tiempo. La viña también tenía que ser muy conocida, Tarapacá Ex-Zavala es de las más antiguas en Chile. Es pues, un estado de cuenta de lo que están bebiendo la mayoría de los chilenos cuando se quieren reconocer frente a un Carmenère.
Hermoso color rojo violáceo. El aroma predominante es de frutas rojas maduras, la madera le otorga notas tostado y caramelo. En boca es balanceado, las frutas rojas están acompañadas con notas de pimienta negra. Buen final, agradables taninos que otorgan acidez moderada.
***notas:
1.- en Chile la legislación permite que un varietal contenga un 75% como mínimo de la cepa, en general a los vinos Carmenère se les incorpora un pequeño porcentaje de Cabernet Sauvignon.
2.- el vino se descorchó 10 horas antes de la cata.
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jgomezp24@hotmail.com , dice,
Junio 1, 2007 @ 8:30 pm
Querido amigo,
aportas una estupenda elección, con una historia, además, que afecta a la vitivinicultura en Chile, tan preciosa como el vino elegido.
Muchas gracias por la adhesión a la convocatoria, y espero en breve poder hacer un resumen digno de las aportaciones.
Un saludo fraternal desde España,
Joan